La promesa divina de una herencia incorruptible en lo por venir

¿Quienes son herederos según el testamento divino?

El Testamento Divino que aborda este artículo, alude a las promesas de Dios que encontramos en el Nuevo Testamento, que no solo apuntan a la transformación de la vida presente que abren una ventana a una realidad eterna, donde la herencia celestial espera a aquellos que han recibido a Jesús como su Señor y Salvador.

Esta herencia incorruptible no es simplemente un destino físico, sino un reflejo de la abundante gracia de Dios y de Su amor eterno hacia aquellos que se convierten en Sus hijos por medio de la fe.

El Evangelio de Juan nos ofrece una promesa sublime en Juan 1:12: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.

Aquí vemos que el simple acto de recibir a Jesús, de confiar en Él y en su obra redentora, nos da una identidad nueva y poderosa: hijos de Dios. No es simplemente una relación distante entre el Creador y sus criaturas, sino una unión familiar cercana.

En el antiguo mundo grecorromano, ser hijo significaba tener derecho a la herencia del padre, y Juan evoca esa imagen cuando habla de nuestra filiación con Dios. Aquellos que creen en el nombre de Jesús no son solamente adoptados, sino que son hechos legítimos herederos de las promesas eternas.

Lo que implica ser hijo de Dios a la luz del «testamento divino»

El concepto de herederos en la Escritura no es simbólico; es una realidad espiritual que tiene un impacto profundo. En la Biblia, ser heredero implica recibir todas las bendiciones, promesas y riquezas que Dios tiene para Sus hijos.

No es algo pasajero ni temporal. Es una herencia eterna, reservada para aquellos que reciben la potestad de ser llamados hijos de Dios por creer en Jesús.

En Romanos 8:17, Pablo añade más profundidad a este concepto:

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con Él, para que juntamente con Él seamos glorificados”.

Aquí, el apóstol nos recuerda que no solo somos herederos de Dios, sino que también somos coherederos con Cristo.

Este pasaje nos revela un principio importante: la herencia celestial no es independiente del Hijo de Dios, sino que está completamente entrelazada con Él. Ser coherederos con Cristo significa que compartimos tanto su sufrimiento como su gloria.

Identificación con Jesús: Su papel central según el testamento divino

Este camino implica una identificación con Jesús no solo en sus bendiciones, sino también en el sufrimiento. Pablo lo dice claramente: “Si es que padecemos juntamente con Él”.

Esta expresión nos llama a una reflexión profunda. Vivimos en un mundo dominado por el pecado, que a menudo rechaza las buenas nuevas de salvación y donde el sufrimiento y la oposición son inevitables, pero en Jesús podemos tener paz en medio de cualquier adversidad. Las pruebas de esta vida son temporales y nos  preparan para una gloria venidera incomparable.

Cristo, quien sufrió en la cruz y luego fue exaltado a la diestra de Dios, nos advierte de antemano que en este mundo tendremos aflicción, pero nos anima a confiar, pues Él ha vencido al mundo (Juan 16:33). Si caminamos con Él en las pruebas de esta vida, también compartiremos con Él en su exaltación.

El camino de la fe en  esta vida, no es un camino cómodo y fácil (Mateo 7:13-14). Es una vida transformada que se une en el sufrimiento de Cristo para ser finalmente glorificada con Él (Mateo 16:24).

Esto nos recuerda que nuestra esperanza está anclada en algo mucho más grande que el momento presente: una eternidad gloriosa junto a nuestro Salvador.

El seguro de la promesa en el testamento

En Romanos 8:32, Pablo continúa con una de las declaraciones más poderosas acerca del amor de Dios hacia nosotros:

“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?”

Este versículo encapsula la magnitud del sacrificio de Dios y de su voluntad para bendecirnos abundantemente. Si Dios en su amor incondicional no retuvo ni siquiera a Su propio Hijo, entregándolo a la muerte en la cruz, ¿cómo no nos dará también todas las cosas junto con Él? Aquí, Pablo nos invita a una confianza absoluta en la generosidad de Dios.

No se trata solo de una promesa abstracta, sino de una realidad tangible que ya ha sido demostrada en la historia. La entrega de Jesús en la cruz es la garantía de que Dios está dispuesto a darnos todo lo que necesitamos para disfrutar de nuestra herencia en los cielos.

La herencia no se limita a lo que podemos ver o experimentar en esta vida. Se extiende a una eternidad donde Dios promete todas las cosas, donde las riquezas de Su gracia serán derramadas sobre nosotros sin medida (Efesios 2:7).

¿Qué dice el testamento de esa herencia?

La Biblia utiliza el término “herencia incorruptible” para describir este glorioso futuro que espera a los creyentes. En 1 Pedro 1:4 se nos dice que esta herencia es “incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros”. Aquí, el apóstol Pedro subraya tres características cruciales de nuestra herencia celestial:

  • En primer lugar, es incorruptible, lo que significa que no puede ser destruida ni afectada por el tiempo o el pecado. No es como las riquezas terrenales que se desvanecen o pierden su valor.
  • En segundo lugar, es incontaminada, lo que significa que no puede ser manchada por las imperfecciones del mundo. Es pura y perfecta, tal como Dios la ha preparado.
  • Finalmente, es inmarcesible, lo que implica que nunca perderá su belleza o esplendor. A diferencia de las cosas terrenales que eventualmente se marchitan, nuestra herencia celestial será gloriosa para siempre.

¿Dónde está la herencia descrita en dicho testamento divino?

Nuestra herencia está “reservada en los cielos”. No es algo propenso a perderse o desaparecer. Está guardada por Dios mismo. Esto es parte de la promesa eterna de Dios para todos los que son Sus hijos por medio de Jesús.

Aunque nuestra herencia celestial es futura, su promesa tiene un impacto directo en nuestra vida presente.

Saber que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo transforma nuestra perspectiva. Nos da esperanza en medio de las dificultades, porque sabemos que lo que enfrentamos en esta vida es temporal comparado con la gloria que nos espera. Nos motiva a vivir de acuerdo con nuestra nueva identidad como hijos de Dios, reflejando Su amor, justicia y misericordia en todo lo que hacemos.

Además, nos ayuda a mantener los ojos en lo eterno, recordándonos que las cosas de este mundo son pasajeras, pero la promesa de Dios es eterna e incorruptible (Mateo 6:19-20).

¿Cumplirá Dios Su Palabra?

Ahora bien, si Dios ha prometido una herencia eterna y gloriosa, ¿cómo podemos estar seguros de que cumplirá Su Palabra? Para responder a esta pregunta, miremos más de cerca Su fidelidad a lo largo de la historia. Una fidelidad que no solo fue prometida, sino que ha sido demostrada una y otra vez (continúa en el capítulo 2).

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